Despois de torrarme un par de días en Portugal, cunha dieta estricta de bacallao, sardiñas e sol -de vez en cando hai que deixar a cabeza colgada na percha- voltamos ao labor. Colgo aquí un pequeno traballo que foi publicado no último número de FRC, a revista da Fundació Rafael Campalans -a revista teórica do PSC para entendernos- dirixida polo bo amigo, o sociólogo Oriol Bartomeus.
O artigo evidencia que eu esperaba que o PP desactivara GB e mudara a súa posición sobre o idioma despois da campaña electoral. Como é obvio cometín unha equivocación.
Dado que escribo para catalanes lo primero que hay que precisar es esto: el Partido Popular no ha ganado las elecciones porque Galicia haya vuelto a la normalidad. No estaba escrito en el cielo que esto fuera a ser así. Es más, nadie que yo conozca presagiaba ese resultado dos meses antes de las elecciones. Si los conservadores han ganado las elecciones ha sido contra sus propias previsiones, hasta el punto de que no es seguro que sepan qué hacer con el gobierno. Núñez Feijóo tiene poco que ver con Fraga y habrá que aguardar a ver lo que da de sí. Es verdad, sin embargo, que Galicia sigue siendo un poco más conservadora de lo que lo es la media española -así lo registran los índices de auto-ubicación que manejan los sociólogos- pero no hay que encontrar ahí la razón por la que el bipartito ha sido derrotado.
En realidad, es más bien al contrario. Según la percepción general, PSdeG y BNG han perdido las elecciones por parecerse demasiado a sus oponentes. La presunción que tanto Touriño como Quintana compartían era que el mero ejercicio del poder desgastaría al PP y reforzaría sus posiciones. Pensaban que estaban abocados a perder una fracción de su electorado -el más puritano- pero que lo compensarían con creces entrando a saco en el espacio conservador. Suponían que el voto a la derecha era voto al poder y que siendo ellos ahora el poder la transferencia sería inmediata. El nádir de este delirio tuvo lugar en la mitad de la legislatura cuando los estrategas del PSdeG anunciaron que ese partido podría convertirse en el partido más votado, superando al PP. Algo que ni un borracho en la esquina podría creer sin ruborizarse.
Partiendo de esa premisa practicaron, desde el comienzo, con toda consciencia, una política de grado cero, de nula significación. La irrelevancia se convirtió en consigna. Es cierto que paralizaron la construcción indiscriminada en la costa, sometida a graves presiones, y que, aquí y allá, se aprobó algún que otro decreto interesante -las Normas do Hábitat, por ejemplo- pero, en conjunto, lo dejaron estar. Tanto es así que el nuevo gobierno de Núñez Feijóo no tiene nada decisivo que rectificar. Incluso los dos aspectos sobre los que se apoyó el PP para desgastar al bipartito y que generaron mayor polémica en los últimos meses -la oposición de Galicia Bilingüe al decreto que intentaba garantizar una enseñanza al 50% de ambos idiomas y la concesión de licencias para la explotación del viento- serán desactivados previsiblemente sin mayores consecuencias.
Hay que recordar que PSdeG y BNG llegaron al poder montados a lomos de una crisis sin precedentes del PP. La edad de Fraga, el agotamiento conservador después de un largo ciclo de gobierno, la mala gestión que llevó al hundimiento del Prestige y, sobre todo, el sentimiento generalizado de manipulación, crearon un malestar que llevó a la derrota electoral de la derecha. Pero no basta que quién gobierna esté en crisis para que los ciudadanos elijan otro poder. Se requiere también que exista una opción que pueda tomarlo en sus manos. El cambio de gobierno sería imposible si la oposición no hubiese hecho previamente los deberes. Y es cierto que los socialistas se habían deshecho de Francisco Vázquez, que siempre había sido el mejor aliado de Fraga, y los nacionalistas habían bajado del monte. La alternancia era, pues, posible. Y tuvo lugar.
No, por cierto, porque el electorado confiase grandemente en esos dos partidos. Sino, simplemente, porque les había llegado su hora. Estaban allí, y tenían que recoger los frutos del cambio social. Era un experimento crucial que tenía que ser testado. Galicia no era ya un país agrario -sólo el 9% de la población está ahora ocupada en ese sector- sino de trabajadores asalariados -sobre un 60% de la población activa se ocupa en el sector servicios- . Por otro lado, su interior estaba despoblado y la gente vivía en la franja que va de Ferrol a Vigo. Según criterios europeos sobre el 70% de la población vive en zonas urbanas o peri-urbanas. Siendo así, las prácticas culturales y de consumo, la aparición de nuevas y extensas clases medias -por oposición a lo magras que lo fueron en el pasado- y también de nuevas formas de identidad social, dieron lugar a una modificación de las pautas de conducta electoral. La conjunción del agotamiento y descrédito del PP y la emergencia de una alternativa viable hicieron el resto.
Ahora bien, los electores socialistas y nacionalistas no votaron a ambas fuerzas para que repitiesen los modos y maneras de Fraga. Desde muy pronto empezó a haber una sensación de ofensa. La práctica totalidad del programa de regeneración democrática se quedó en el tintero. No hubo Ley de la CRTVG. Los dos grupos se repartieron los medios de comunicación públicos sin que se democratizase la compañía ni cambiase el tenor de la programación. La relación con los medios de comunicación privados se mantuvo en el nivel del puro mercadeo. No se aprobó una Lei de Caixas que las hiciese más transparentes y evitase el bonapartismo de sus dirigentes ( el Club de Iñás, los empresarios reunidos alrededor de José Luís Méndez, director general de Caixa Galicia, es el lobby de presión más considerable de Galicia y auténtico gobierno en la sombra ).
El gobierno se subió a la peana sin condescender a hacer ningún gesto hacia sus electores. Buena parte de las instituciones no se renovaron y hasta el Defensor do Pobo tuvo a bien hacer suyos los argumentos que sobre la lengua gallega esgrimió la parte más dura del PP. Ni en los nombramientos, donde huyó de todo perfil de izquierda, acertó el bipartito. Tampoco hizo ningún esfuerzo por defender y argumentar su propia política, ni se prodigó en el esfuerzo de escuchar a los que lo habían votado. Haciendo suyas políticas implementadas por la derecha y que habían tenido gran contestación social no se molestaron en justificar el cambio de posición. La instalación de la planta de gas –Reganosa- en la Ría de Ferrol, los permisos dados a canteras y piscifactorías en zonas protegidas, la Cidade da Cultura, son sólo algunos ejemplos entre otros muchos. Dando por supuesto que lo único que se jugaba era la relación de fuerzas entre ambas organizaciones mostraron hasta la extenuación sus desavenencias internas, dictadas menos por las diferencias políticas de fondo que por la desnuda lucha por el poder.
Siendo esto así tal vez lo raro es que no hubiesen visto el peligro con mayor claridad. Encuestas del CIS mostraban que había un deseo de cambio que no se confundía con una pulsión de retorno del PP, pero fueron desechadas. No se supo leerlas. Lo que indicaban explica lo que después sucedió: que los electores del PP no perdieron fuelle, fortalecidos por la crisis y las denuncias de gasto suntuario de Touriño difundidas por la COPE, Intereconomía et altri, pero sí lo hicieron los votantes socialistas y nacionalistas. La hipótesis de partida de Touriño y Quintana estaba errada. A ellos los mandaron a casa los suyos, que se abstuvieron en un porcentaje notable. Perdieron crédito entre sus antiguos electores y los que ganaron del PP en las provincias del interior -Lugo y Ourense- no compensaron la pérdida.
Aún así, si se cuenta el voto emigrante, PSdeG y BNG tuvieron más votos en términos absolutos que el PP, pero insuficientes para evitar la pérdida de un escaño del BNG por A Coruña, que fue el que al final decidió el resultado. Conviene, en este punto, insistir que en ello tuvo mucho que ver “La Voz de Galicia”. Copiando los modos de la prensa madrileña, ese periódico se lanzó a una campaña, en el último tramo de la legislatura, de feroz descalificación del bipartito y, en particular, del BNG, al que supo ver como el eslabón débil de la cadena. El 80% del voto que perdieron los nacionalistas fue en esa circunscripción. No pueden lamentarse mucho de ello, dado que las subvenciones directas e indirectas a ese medio fueron cuantiosas. Alimentaron la mano que los ejecutó.
A partir de aquí tanto PSdeG como BNG carecían de plan B. Ni se les había pasado por la cabeza que podían perder las elecciones. Después de la derrota han reaccionado como boxeadores noqueados. El desconcierto ha sido total, absoluto. Estaban infatuados y alienados, encantados de conocerse a si mismos, y eso les ha costado el poder. Lo difícil, ahora, será reconstruir su credibilidad ante los ciudadanos. Han decepcionado a una parte considerable de sus votantes, han tenido prácticas de mal gobierno y han pecado de ingenuidad en su relación con empresarios y financieros. De todo ello tendrán que hacer catarsis y propósito de enmienda.
Que vuelvan al poder no es fácil, pero ello depende sobre todo de que dejen atrás ese cierto aspecto de partidos de amateurs. Es evidente que los dos precisan aprender una cultura de la coalición pero, sobre todo, han de saber escuchar a sus votantes y han de saber, mejor de lo que fue el caso, qué quieren para Galicia y quien entre sus militantes puede hacerlo mejor. La sociedad gallega ha evolucionado más deprisa de lo que ellos lo han hecho, y es muy exigente. Están obligados a renovarse, a dejar paso a otra generación y a elevar su nivel de autoexigencia, hoy muy bajo. El PSdeG y el BNG son el problema, no la sociedad. La gente ya no se contenta con votar a unas siglas, va más allá del momento expresivo y su demanda de buen hacer en la gestión y de contenidos políticos sustantivos no puede encontrar oídos sordos.
Los cuatro años que restan ante la próxima convocatoria se presentan, sin embargo, con una perspectiva más bien oscura. No por motivos internos. El ciclo del cambio gallego está lejos de haberse invertido en favor del PP. La pérdida del gobierno hay que verlo más bien como la consecuencia de los goles metidos en la propia meta, como he intentado pobremente explicar. Y otros indicadores sugieren que no será fácil para los conservadores mantener la mayoría absoluta. En primer termino, la propia estructura de partidos, pero también elementos como la ruptura de la univocidad informativa, los cambios educativos, el incremento del porcentaje de asalariados o los meros cambios vegetativos –los que mueren votan al PP en mayor medida que los que adquieren la mayoría de edad- hacen difícil el sostenimiento de esa mayoría. Mantener unida la base social conservadora tampoco es objetivo sencillo, se mire como se mire. Núñez Feijóo es una incógnita a este respecto.
Sin embargo, el ciclo español puede favorecer el retorno al gobierno central del PP. No sólo por la fuerza del vendaval de la crisis económica que ofrece poco margen de maniobra. El PSOE está sufriendo una erosión constante del voto al sur del Guadarrama. La fortaleza del PP en Madrid y Valencia indica una derechización de la sociedad en esos territorios que va más allá de lo circunstancial. No es ajeno a ello la estrategia comunicativa de la derecha, basada en sal gorda difundida a través de un rosario de medios que ocupan todo el espectro, desde la prensa escrita a la televisión pasando por la radio. Los errores en la relación con Cataluña y un gobierno en el País Vasco en manos del PP amenazan con agostar el espacio estratégico socialista.
Aunque el PSOE tiende a verse a si mismo como un partido que ha de gobernar por naturaleza, el partido más cercano a la pulsión basal de la sociedad española, eso puede estar cambiando. No hay más que mirar lo que sucede con el SPD, el PSF, el Partido Demócrata Italiano, o la evolución de los Laboristas para entender de qué estamos hablando. Más allá de la superficie y de lo coyuntural el momento es de riesgo absoluto. Si el PP accede al gobierno y no comete los errores de la segunda legislatura de Aznar -si abandona sus fantasías fundamentalistas- puede acercarse a ese punto de equilibrio que lo acerque a las querencias de una sociedad que parece estar evolucionando poco a poco a la derecha.
Lo que sigue siendo una incógnita es que sucederá cuando el Tribunal Constitucional emita su esperada sentencia sobre el Estatuto catalán y cuando ETA desaparezca definitivamente, lo que esperemos no tarde. Los terremotos que esos dos factores pueden inducir sobre el mapa político español distan de ser evidentes pero no cabe duda de que serán duraderos y de profundo calado. Quien no sea capaz de adelantar en su imaginación el movimiento de las fichas estará incapacitado para gobernar España en las próximas décadas.
De momento, estamos en las postrimerías de un ciclo político español que ha estado marcado, desde el segundo período de Aznar, por una estrategia de la tensión que quería quebrar la sintonía entre el PSOE, de un lado, y CiU y PNV, de otro. Si esa ruptura se consuma el PP habrá dado un paso de gigante, pues estará ya en el centro del tablero y arrinconado a los socialistas. Le bastará con bajar el tono -en el gobierno central, no en la Comunidad de Madrid, que seguirá expidiendo pasaportes de españolidad- de sus afanes de re-nacionalización de España para buscar una entente cordiale con los nacionalistas a la que, en buena lógica, y a la vista de la evolución de las cosas, estos se prestarán.
Por otro lado, aunque los nacionalistas parecen estar viviendo una situación de reflujo, pueden caber pocas dudas de que recuperarán una parte de su electorado. Los nacionalistas han prestado votos al PSOE para impedir la llegada del PP al poder –sin ellos Zapatero no hubiera ganado las elecciones de su segunda legislatura- que regresarán a ellos tarde o temprano.
¿ Cómo afectará esto a la evolución política gallega?. Es difícil de saberlo. A primera vista, ello dependerá, sobre todo, de cómo sepa ocupar el espacio el nuevo PP de Núñez Feijóo. Si el PPdeG fue, en tiempos de Fraga, un partido ómnibus en el que cabían todas las sensibilidades de la derecha, y que hizo de un cierto galleguismo simbólico el cemento que necesitaba para construir su versión gallega de la “mayoría natural”, el nuevo PP parece encontrar su epicentro en el electorado urbano más influido por las proclamas de la derecha madrileña. ¿ Qué rendimiento dará esto? ¿Sabrá Feijóo moderar a sus radicales? ¿Conseguirá mantener unida su base social? ¿o quedará despedazado entre exigencias de gobierno mutuamente incompatibles?.
Todo lo que podemos hacer hoy es especular, dado que, por raro que esto pueda parecer, no sabemos mucho acerca de lo que sucederá en el PP. Desde luego, es un partido de fuerte implantación, pero el populismo de raíz rural que lo caracterizaba cuando era dirigido por el fallecido Xosé Cuiña no sabemos exactamente por qué clase de cosa será sustituido. Antes el PPdeG era el macizo central de la sociedad gallega. Lo era con una naturalidad que no podía dejar de sorprender a cualquier espectador ajeno. En qué se ha convertido durante el paso por la oposición y que gradientes manejará desde el poder es algo que todavía hemos de desvelar. En realidad, durante los últimos cuatro años el PP no ha marcado, salvo en su negativa a negociar el Estatuto, la agenda.
Con sólo dos Diputaciones, sin presencia en el gobierno de ninguna ciudad del país y tampoco de esos pueblos grandes que son llamados “vilas” en Galicia, sin el gobierno de la Xunta y tampoco el central, la verdad es que el PP no ha realizado un excesivo gasto energético, lo que convierte en más sensacional su victoria. Ello le ha permitido mantenerse en una cómoda indefinición que tal vez ha contribuido a que el desgaste no fuera mayor y que haya podido presentarse ante los electores como una fuerza renovada –sus listas, en efecto, lo fueron- ante dos enemigos más bien fosilizados.
Desde luego, Feijóo dependerá de las vicisitudes que sufra el PP central en mucha mayor medida de lo que era el caso en la era Fraga. Feijóo no tiene ni el carisma ni la autoridad de su predecesor, y no puede mantener el margen de autonomía del que este gozaba. De todos es conocido que Fraga Iribarne nunca soportó a José María Aznar y que los dos realizaban prácticas de vudú, el uno en contra del otro, en cuanto tenían ocasión, lo que quedará reflejado para la posteridad en las páginas de ABC y El Mundo. El modelo bávaro, la idea de la Administración Única y la reforma del Senado, el uso del adjetivo nacional sin demasiadas complicaciones y hasta la vindicación ocasional de un galleguismo “en las fronteras de la autodeterminación” son elementos que quedarán, sin duda, enterrados en el hoyo más hondo.
Sin embargo, es difícil pensar que la Galicia de hoy pueda gobernarse ya con los mismos criterios que el PP difunde desde Génova, 13. Lo lógico es que Núñez Feijóo tienda la mano, se ofrezca a negociar el Estatuto desde su recién adquirida mayoría -lo que generará conflictos entre sus oponentes- y hasta que apruebe por consenso la Lei da CRTVG, dejando en evidencia a la oposición. Lo normal, en definitiva, es que se decante por un galleguismo neutro y por un centrismo al margen de toda polémica. ¿ Bastará esto para contentar a su electorado y a una parte de los que no lo han votado?.
Esa es la pregunta. Y es que los movimientos que le piden la castellanización de la enseñanza, y la marginal UPyD –ha obtenido el 1´5 de los votos- pueden crearle problemas en una dirección. Pero, en el lado, de los electores socialistas y nacionalistas se es ya muy consciente de que el PP no es mayoritario, y puede volver a ser derrotado por una alternativa que ofrezca más garantías de cambio. La sociedad gallega, en definitiva, se ha polarizado y eso puede crearle problemas a un partido que sabe ya que de ningún modo es la expresión política evidente del país.